Victoria Vaccaro García

[Jornadas de la Mujer // 6-13 de Marzo 2022 – Altavoz Cultural]

Árbol ginecológico (Libero, 2021) retrata poéticamente la maternidad como vida dada, experimentada y también sufrida, en esa relación entre el ser materno y el ser naciente. ¿Cómo percibes actualmente el tratamiento de la maternidad en el ámbito literario, especialmente en el poético? ¿Consideras que avanzamos hacia una mayor visibilización de su naturaleza, necesariamente alejada de tópicos romantizadores?

La maternidad en la literatura femenina es algo relativamente nuevo, ya que hasta el siglo XIX los hombres se adueñaban de los discursos femeninos en la literatura, al punto de propagar ideas machistas en diálogos de personajes femeninos. Ahora, en el auge de los estudios de género, la maternidad es un tema exclusivo o casi exclusivamente femenino. Gracias a ello, podemos observar estas facetas de la maternidad muy poco conocidas, como las maternidades trans (pongo por ejemplo Las malas de Camila Sosa Villada), las maternidades ilusorias (como ocurre en Yoro de Marina Perezagua), e incluso las maternidades no materializadas (en el caso de La hija única de Guadalupe Nettel). En la poesía, la figura de la madre cobra cada vez más relevancia, más urgencia, porque se reconoce en ella el génesis de la palabra, del acto del habla, el verdadero origen de nuestra materia poética. Mirando el trabajo de Mónica Ojeda con Historia de la leche o el de Lana Neble con Ropavieja, las travesías corporales y exploraciones oníricas replantean la maternidad desde el punto de vista de los procreados, descubriendo aspectos derivados de la maternidad jamás antes pensados como el trauma que implica el nacer, la asimilación de una identidad impuesta, el concepto de nuestra sexualidad como reflejo de la de nuestros padres, entre otros. Teniendo todas estas perspectivas en cuenta, podemos entender la importancia que tiene el sentido de la maternidad para el propio autoconocimiento, la introspección, el misterio del ser. La exploración de los cuerpos maternos en la literatura de nuestros tiempos ha sabido dar visibilización a aspectos de nuestra verdadera naturaleza, sin los suntuosos ropajes con que el hombre ha revestido la crudeza y el sacrificio que exige ser madre.

Pronto citas a Dios y comienzas a construir a partir de su sexualidad algunos de los caminos principales por los que transitará el torrente versificado de Árbol ginecológico. Pero si Dios es mujer, o, más allá, si Dios es Victoria Vaccaro García: ¿qué componentes principales tendría el mundo según tu perspectiva feminista?

Esta es una pregunta que si la respondo con total honestidad me tiraría un montón de críticos encima. Yo me reconozco en los feminismos radicales, aunque no lo parezca, y si bien pienso que la equidad es absolutamente necesaria para alcanzar equilibrio y estabilidad en una sociedad cada vez más agresiva hacia los cambios que las mujeres vamos consiguiendo, la única condena que me gustaría ejecutar sobre el patriarcado sería revertirlo desde sus cimientos: hacer a la mujer el eje de la sociedad, de la política, de la historia misma. Desde muy joven conocí la violencia hacia los cuerpos femeninos, las violaciones, el tabú del aborto y de la libre experimentación de la sexualidad, los femicidios, la mutilación genital femenina, los preceptos religiosos con respecto a las mujeres, la desigualdad salarial… Pudiera seguir nombrando hasta quedarme sin manos. Eso me llena de rabia, de indignación, de impotencia. Cuando leo artículos o escucho las noticias que enfocan esta problemática mundial, se me caen las lágrimas de la rabia. El único consuelo que encuentro es que en mi poesía soy la creadora, la omnipotente. En ella puedo yo ejercer mi justicia.

La forma del poemario es ciertamente rupturista, experimental y muy, muy visual. Ello permite una transmisión de los mensajes también mediante el propio manejo del espacio físico del papel. ¿Qué autoras y obras han influido, de alguna manera, en tu decisión de expresar no solo con el léxico, sino también con la dimensión continental que lo engloba?

Mi mayor influencia en cuanto al tratamiento del lenguaje en la poesía es Alejandra Pizarnik, específicamente en Árbol de Diana. Recuerdo ahora lo que decía su mejor amiga, Ivonne Bordelois, que ella trataba las palabras como gemas, y es justamente ese acercamiento a la escritura el que quiero capturar en toda mi obra poética, esa alquimia verbal, esa reformulación de la poesía desde lo conceptual, desde lo minúsculo. Otras grandes influencias son Marosa di Giorgio, Cristina Peri Rossi, Maritza Cino, Sonia Manzano, Ileana Espinel, Ana María Iza, Blanca Varela, Sor Juana Inés de la Cruz, Alfonsina Storni, Elizabeth Bishop, Emily Dickinson, Sylvia Plath, Anne Sexton, Edna St. Vincent Millay y muchas, muchas otras. Cada una de ellas trata la poesía de un modo diferente: en algunas es un acercamiento muy clásico a la escritura pero con elementos rupturistas, como en el caso de Sor Juana, Alfonsina, Dickinson o Millay; en otras, la palabra se torna ritual, invocación, danza, como en la poesía de Maritza, de Ana María, de Marosa. Todas ellas recrean un mapa ardiente que trato de seguir, quizás, hacia un territorio nuevo.

¿Qué ha supuesto para ti tratar tu literatura en un entorno editorial tan rico, diverso y cuidadoso como es Libero?

Publicar con Libero ha sido una de las mejores experiencias de mi vida. Cuando Inés abrió recepción de manuscritos el verano pasado, nunca imaginé que tendría la oportunidad de ver mi poemario en ese catálogo lleno de magníficas voces como la de Yuliana, la de Andrea Sofía, Patricia, Aida… El proceso de edición y todo lo que conlleva (la evolución de la portada que Erna hizo con tanto cariño y dedicación, los pequeños detalles que aparecen en el libro, la maquetación) me han enseñado mucho sobre la inmensísima labor de las editoriales independientes y me han ayudado a apreciar el esfuerzo muchas veces sobrehumano que los editores hacen para dar a conocer a sus autores, a estas poéticas que son muchas veces despreciadas por los gigantes del negocio editorial. Inés, que más que editora es la matriarca de nuestra pequeña familia, nos entrega incondicionalmente su tiempo y energía para propagar estas voces emergentes en el panorama de poesía hispanoamericana. A ella va mi eterno agradecimiento.

Cuerpo e identidad son dos de los anclajes discursivos de la obra. ¿En qué punto crees que se encuentra nuestra sociedad respecto de las referencias al cuerpo de la mujer y respecto de la construcción de una identidad alrededor de diferentes prejuicios que tienen que ver con ello? ¿Cómo gestionas todo esto como mujer trans?

Los cuerpos femeninos siguen siendo objeto de ultraje, de difamación, de ridiculización en el contexto social de nuestros países latinoamericanos. Justamente ahora en Ecuador el presidente Lasso amenaza con vetar una ley que permita interrumpir el embarazo en casos de violación, exhibiendo una vez más el dominio del patriarcado sobre niñas indefensas, vulneradas, obligadas por el mismo Estado a ser madres. La misma discusión sigue en todos los países latinoamericanos, regidos todavía por estatutos “morales”, “religiosos”, “culturales”. Y esto solo aplica a las mujeres que pueden abortar, claro está. Las mujeres trans ni siquiera somos reconocidas bajo la ley con nuestros nombres, con nuestro género, sin respeto a nuestra humanidad. Los únicos trabajos a los que podemos aspirar son peluquera o trabajadora sexual. Y siguen las clínicas de deshomosexualización, y siguen los asesinatos, pero, por supuesto, se defiende el “derecho a la vida”. Si esta es la vida que se nos da, no existe un verdadero respeto por la vida. Si las mujeres somos criadas para temer al hombre, para obedecer al hombre, para conformarnos a los estereotipos de belleza impuestos por el hombre, no puede haber una auténtica defensa de los derechos humanos.

La sangre es en sí misma una cuestión todavía muy cubierta por la censura de lo que se considera tabú cuando hablamos de menstruación. ¿De qué modo integras su tratamiento a lo largo de tu poética? Generalizando desde la sangre hacia cualquier otro elemento liberador, ¿consideras que la poesía debe dejar a un lado su habitual metaforización y hacerse puramente explícita para causar el impacto deseado en cierto tipo de lectores? Estamos pensando, por ejemplo, además de en tu maravillosa obra, en otras como Reconocer la sangre, de Verónica Living.

En mi poética la sangre tiene dos funciones: sonora y metafórica. Sonora porque adoro la palabra sangre en todos los idiomas que conozco, el acento marca siempre esa vocal abierta, “a”, “o”, que me remite a la profundidad. Imagino a la sangre como un océano, un abismo, oscuridad contemplada pero nunca penetrada. En cuanto a la función metafórica, trato la sangre en Árbol ginecológico como esa unión principal entre la madre y la criatura, íntima comunicación de ancestros, de historia, herencia perpetua. También veo la sangre, específicamente la sangre menstrual, como un flujo sagrado que nos hace partícipes de la naturaleza, de la condición divina del ser creadoras, tan envidiable para las que no compartimos el sexo. Digo esto porque muchas mujeres no lo consideran un privilegio sino una molestia.

Respondiendo a la segunda pregunta, opino que todo depende del o la poeta al ejercer su disposición del lenguaje poético. La metáfora no oculta la verdad ni la crudeza, solamente la vela, la nubla, la vuelve misterio como la poesía misma. Si el o la poeta considera necesario usar la fuerza de su lengua para dirigirse literalmente a su receptor, es totalmente aceptable. Si crea una metáfora para aludir, para refutar, para condenar, puede ser igual o incluso mayor el impacto en sus lectores, pero, claro, todo depende de que use este recurso correctamente.

¿Qué herencia consideras que deja tu obra a aquellas personas trans que busquen una identificación, un apoyo, una empatía?

Árbol ginecológico fue escrito primeramente como una carta de amor a mi madre. Quisiera creer que esto aplica a todas las madres de personas trans que, pese a los prejuicios sociales, al maltrato y a las persecuciones, aman incondicionalmente a sus hijos, hijas, hijes. Y como mujer trans, sé que muchas de las vivencias y emociones retratadas en este poemario son vivencias y emociones compartidas con mis hermanas, mis congéneres. Este es el mayor legado que puedo dejarles: decirles, por medio de la poesía, que no están solas, que no son las únicas, que tenemos historia. Las personas trans existimos desde antes de Cristo, éramos sagrados en tiempos del culto a Inana hace más de seis mil años, seguimos existiendo, seguiremos existiendo. Nuestras historias están entretejidas con las de nuestros antepasados, somos una continuación de su lucha.

¿Cómo dirías que está articulándose el mercado editorial en torno a la visibilización de las diversas realidades individuales que podemos conocer a través de las obras de las autoras, les autores y los autores?

El mercado editorial siempre va a apostar por obras “comerciales”. Es la triste realidad de grandes editoriales que buscan (la mayoría de las veces) un mayor flujo de ingresos, publicando textos que tengan temas, personajes o incluso autores populares. Por suerte, las editoriales independientes como Libero en España, Cadáver Exquisito aquí en Ecuador y muchas otras alrededor del mundo apuestan por voces menos populares en términos monetarios, pero con inmenso valor literario; autores y autoras noveles que retratan a través de su literatura los aspectos menos explorados de nuestra identidad humana. Gracias a mi editora en Ecuador, Laura Nivela, y a su editorial Crímenes en Venus es que Árbol ginecológico pudo salir a la luz por primera vez en formato de fanzine. Ahora, gracias a Libero, este libro está llegando a nuevos lectores, creando nuevos diálogos y formulando preguntas nunca antes enunciadas. Espero que este sea solo el inicio.

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