O cómo la uruguaya hace el amor con la lengua en El libro de mis primos

-Raquel Pons-

   La pluma de Cristina Peri Rossi, que lleva en el mundo desde 1941, seduce cultivando narrativa, ensayo y poesía. La escritora uruguaya, activista feminista y LGTBI, ha ido moderando el uso de recursos experimentales, vanguardistas y barrocos en su producción literaria, pero siempre ha mantenido el foco en cuestiones como la identidad y el erotismo. Y la semilla de todo ello es su primera novela, El libro de mis primos (1969): un caleidoscopio donde se moja con la lingüística, saborea el diccionario, lame la retórica, mira y se deja mirar por múltiples puntos de vista, cabalgando entre la prosa y el verso para penetrar en lo más hondo de una de sus obras más barrocas y experimentales.

   Leyshack Sánchez Fernández analiza en su tesis La narrativa de Cristina Peri Rossi (2007) los recursos, la estructura y la mirada de la escritora en esta novela, entre otras obras. Y lo hace de forma reposada, como quien desnuda a su mejor amante, resaltando el juego maestro con la lingüística propio de la narrativa rossiniana. A saber: enumeraciones, repeticiones, digresiones, paralelismos, asíndeton, polisíndeton, descripciones, alegorías, metáforas, comparaciones, intertextualidad, juegos de palabras, juegos gramaticales, juegos tipográficos, hipérboles, collage de textos, ironía y humor negro.

   Hay otras novelas donde Peri Rossi se recrea en el erotismo, como en Solitario de amor o El amor es una droga dura, pero si buscamos paladear el placer y llegar al éxtasis literario, nuestra mirada necesita detenerse, saborear y deglutir el brillante uso vanguardista que hace la escritora de dichos recursos en El libro de mis primos, que es un contenedor de cuentos, una metáfora mayúscula sobre el derrumbamiento y la crisis de su país, pero no por ello exenta de erotismo. Como narra la propia autora, en esta obra «el propósito no era tanto la ruptura formal como unir aquello que frecuentemente el lector encuentra por separado: la narración y el lirismo, la prosa y la poesía» (1969, 12).

   Peri Rossi planta metáforas en esta novela donde las plantas, las flores, el jardín representan la feminidad, el territorio de la mujer, el vergel prohibido que crece sin control y que funciona como símbolo opuesto a la casa, representante del dominio y del orden patriarcal. El libro de mis primos es la reivindicación de la libertad y la defensa del deseo. Y es un juego, como decía ella, con la narración y el lirismo, la prosa y la poesía, utilizando enumeraciones de tres o cuatro elementos, un menàge a trois o una orgía de sustantivos y adjetivos que cabalgan juntos, como cuando Oliverio nos narra: «las medias transparentes que las cubrían eran muy finas y, lo más encantador, era el olor de su piel: un olor seco y agradable, a tierra sembrada, olor a tronco y a plantío» (1969, 66). Aunque también hace inventarios (porque, claro, del ritmo dependen las palabras y su longitud, el uso en las frases, más largas o más cortas, así son las enumeraciones, elementos que se encadenan, que se chupan, se sorben, se condenan a la unión, por miedo a la separación, a encontrar el hueco con el que llenarse, o vaciarse, penetrando en la mente del lector, haciendo que se acelere, o se ralentice, según su uso, la lectura, la mirada, voz, pensamiento, y se le meta muy dentro, chupe el verbo, desnude adjetivos, moviéndose con el gerundio, subir, saltar de línea, devorar una grafía, cuál, la que se clave en lo más profundo de su retina, la que memorice, la que apriete), de veinte, treinta, cuarenta, no tanto, no cuarenta, pero sí treinta, o treinta y cuatro, todos elementos para el ritmo, y terminar gritando: “Por favor, acaba ya el párrafo”.

   Para Sánchez Fernández, «en la repetición se percibe un trasfondo de goce, por el puro ejercicio de nombrar y saborear las palabras» (2007, 139). Y este goce viene también con las digresiones, que salpican como gotitas lechosas los capítulos-cuentos que juegan al pillapilla en esta novela. Precisamente para eso usa los poemas, que funcionan como digresiones significativas, como una suerte de descanso lúdico.

   El caleidoscopio de Peri Rossi está plagado de alegorías, metáforas y comparaciones que nos revuelcan en el plano de lo simbólico, especialmente turgentes en el terreno de eros. Por eso, el tío Alberto está obsesionado con que los niños no se contaminen con el jardín, que representa la feminidad, la sensualidad, el poder subversivo de la mujer y del sexo, en definitiva. Jugando con esta idea, sitúa alegóricamente una estatua de Artemisa que es violada por Gastón, uno de los primos, que «clavó sus dientes en el seno blanco, desnudo, hasta los pezones, donde los dejó prendidos, como las venenosas patas de un insecto que inyecta su veneno allí donde toda blancura se inicia, el contorno ardiente de los labios succionando el agua fría que transpiraba el mármol» (1989, 43).

   Metafórica es, asimismo, la violación de la muñeca de Alicia, cuando los primos cogen la muñeca, la desnudan, la deforman, la observan, la toquetean, la operan para agrandarle los pezones y, finalmente, acaban horadándola con una barrena, buscando el hueco donde introducirle luego un pececito. Dice Sánchez Fernández que «el juego es simbólico: reproduce la conocida y tradicional imposición del poder masculino sobre lo femenino, considerado débil y accesorio. Los niños toman la muñeca (símbolo de la pasividad femenina) por la fuerza y exploran su cuerpo con curiosidad» (2005, 135-136).

   Pero ni la muñeca de Alicia ni la estatua de Artemisa son las únicas que sufren una violación. En un acceso de ira, el tío Alberto arranca los pétalos de las flores y los esparce por el suelo, dejando los tallos calvos, el cuello huérfano, desenraizando la vida del jardín, la belleza, dejando «azucenas y azaleas, heridas de muerte, despetaladas, como pálidas enfermas en una gran sala de hospital» (1969, 43). Gracias a la alegoría, a las metáforas, hace evidente el contenido que está oculto, de una manera literal y, asimismo, lírica, bella.

   El coito que Peri Rossi mantiene jadeante durante toda la novela se apoya en los usos lingüísticos que con maestría domina. La escritora erotiza su prosa con el uso de un lenguaje profundamente lírico y sensual gracias a estos recursos y al ritmo, mediante las estrategias de acumulación que ya hemos visto, así como con la penetración de los poemas en el texto. A este respecto, Peri Rossi no solo nos inunda la boca con sus versos, sino que juega a la intertextualidad insertando citas y poemas de otros autores, siguiendo una herencia vanguardista de collage, a la que se suma la experimentación con juegos de palabras, puntuación libre y juegos tipográficos. Estos juegos también sirven como descansos lúdicos, como el uso de la puntuación libre que sitúa tras la violación de Artemisa. Así, Peri Rossi goza al liberarse del corsé de la estructura gramatical, ella separándola borrando ordenando ella quitando ella se ciñe se sube por sus normas hasta los cimientos déjala. Ella sugerente recoge las normas más estrictas, las que están más encorsetadas dentro de la lengua (qué será eso de la lengua) y se relaja la estructura se mira se ausenta ofrece una alternativa ella la desmonta desmontada moja sus dedos en la ausencia de pausas y nos arrastra sobre la prosa caótica. Una nueva estructura late en el párrafo le da pequeños cortecitos, y así hace un descanso para coger aire que el lector no se le pierda por el camino que él y ella yo y tú recorremos con la mirada excitada el erotismo que moja todas las hojas de El libro de mis primos.

   Y así, después de acabarlo, cogemos aire para recuperarnos de su apretada prosa y decir, a propósito del libro:

   tú nos dejas gozar

              levemente nos acaricias la prosa,

              nos llevas hacia lo más hondo de tu cuento,

              ubicas tus poemas entre el ansia de los personajes,

   apenas te detienes

              leemos tus vocablos inventados

              o quizá tus acumulaciones,

              más precisamente debe ser la escritora que tú eres

                                                                         [que gime

              mientras escribe

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