¿Y tú quién eres?, Gabriel Navero

—Disculpe, ¿está usted bien?

Giró la cabeza, sobresaltado. Una anciana le observaba con cautela desde el lado opuesto de la sala de espera.

—Perdona, quizás no debería haberte llamado de usted —la mujer parecía haberse asustado también—. Supongo que aún eres demasiado joven para eso, ¿no? —dijo rebuscando en su bolso.

Asintió lentamente y observó a la anciana con detenimiento. Había algo dulce en su rostro, una mueca casi infantil, mientras removía el interior del enorme saco de cuero que reposaba en su regazo. Le dolía mucho la cabeza. Demasiado. Ambos se mantuvieron en silencio unos segundos.

—Estaba segura de que tenía un pañuelo por aquí… —masculló con frustración.

—Déjalo, estoy bien —respondió frotándose el rostro contra el antebrazo.

La mujer le dedicó una sonrisa tierna mientras cerraba el bolso. Trató de devolvérsela, pero fue incapaz de mover un solo músculo de la cara. Bajó de nuevo la mirada y comprobó con indiferencia que tenía el brazo cubierto de mocos y lágrimas.

—Tú estarás bien, pero eso que acabas de hacer no está nada bien, hijo —le reprendió con suavidad la anciana.

De nuevo, las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, pero mantuvo la vista fija en el suelo. Llevaba los cordones desatados.

—Yo… Sé que es duro. Sea lo que sea es duro. Nadie viene a un hospital por gusto, eso está claro —su voz tenía un tono reconfortante, cálido—. Pero, si necesitas hablar con alguien, estaré encantada de escucharte.

Un sabor salado le inundaba la punta de la lengua mientras se relamía las comisuras de los labios.

—¿Y bien? ¿No vas a decir nada?

—Mira, es… Dios, es… Esto es tan difícil —levantó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos.

—Tranquilo —repuso la anciana con voz suave—. ¿Se trata de algún familiar, un amigo?

Sacó el móvil del bolsillo mientras subía y bajaba el pie a toda velocidad. Observó la hora y las notificaciones con la mirada clavada al otro lado del teléfono y volvió a bloquearlo. Su reflejo hinchado le devolvió la mirada en el espejo negro que se acaba de formar en la pantalla. Sobre él, unos neones de luz blanca y fría distorsionaban la imagen. Le dolía muchísimo la cabeza.

—Sí, un familiar. Mi madre.

—Vaya, no sabes cuánto lamento oír eso. Te acompaño en el…

—No, no. Aún no.

—Entiendo —susurró.

—No, no lo entiendes —el ruido de la goma de la suela de sus zapatos retumbó en el pasillo mientras se levantaba. 

Había alzado demasiado la voz. Comenzó a andar en círculos con pequeños pasos rápidos. La anciana volvió a sonreírle con delicadeza.

—Hijo, ¿crees que yo no he pasado por ahí antes? Es ley de vida. Todos pasamos por ahí. Al menos tienes la suerte de poder aprovechar el tiempo que te queda con ella. Sea como sea, esté como esté, sigue siendo tu madre y está viva. Aprovéchalo.

—No es tan fácil. Ella… Ya no es ella. Nos lo acaba de decir el médico.

Mientras hablaba, la anciana se había ido deslizando torpemente por las sillas que los separaban hasta dejarse caer a su lado.

—Mira, en mi caso no tuve la oportunidad de despedirme de mi madre antes de que se fuera. Murió cuando solo era una niña —dijo con la mirada perdida. Se mantuvo inmóvil unos instantes—. Pero, ahora que soy mayor… Porque ya soy mayor… Me gustaría poder estar con mi mamá, y decirle… Yo… solo quiero estar con mi mamá. Pero no sé dónde está. Nadie lo sabe. ¿Dónde está mi mamá?

Las manos habían empezado a temblarle y negaba con la cabeza hacia ambos lados. Le miró, desconcertada. El sabor a sal era insoportable. Se arrodilló ante ella.

—Mamá, mamá. Tranquila. Mírame —dijo estrechándola entre sus brazos—. Estoy aquí, todo está bien. Llevas razón —susurró acariciándole el pelo—, aprovechemos el tiempo. Vámonos a casa.

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